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miércoles, 5 de febrero de 2014

Juan José Arreola

                                                  EVA

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.

En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades por el estilo.

El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.

Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.

«En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaba ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.»

La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. «El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia», dijo casi con lágrimas en los ojos.

Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.

Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

FIN.

En Confabulario.

Gabriel García Márquez

XVI


Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones. Como ocurrió durante la peste del insomnio, que Úrsula se dio a recordar por aquellos días, la propia calamidad iba inspirando defensas contra el tedio. Aureliano Segundo fue uno de los que más hicieron para no dejarse vencer por la ociosidad. Había ido a la casa por algún asunto casual la noche en que el señor Brown convocó la tormenta, y Fernanda trató de auxiliarlo con un paraguas medio desvarillado que encontró en un armario. «No hace falta -dijo él-. Me quedo aquí hasta que escampe.» No era, por supuesto, un compromiso ineludible, pero estuvo a punto de cumplirlo al pie de la letra. Como su ropa estaba en casa de Petra Cotes, se quitaba cada tres días la que llevaba puesta, y esperaba en calzoncillos mientras la lavaban. Para no aburrirse, se entregó a la tarea de componer los numerosos desperfectos de la casa. Ajustó bisagras, aceitó cerraduras, atornilló aldabas y niveló fallebas. Durante varios meses se le vio vagar con una caja de herramientas que debieron olvidar los gitanos en los tiempos de José Arcadio Buendía, y nadie supo si fue por la gimnasia involuntaria, por el tedio invernal o por la abstinencia obligada, que la panza se le fue desinflando poco a poco como un pellejo, y la cara de tortuga beatífica se le hizo menos sanguínea y menos protuberante la papada, hasta que todo él terminó por ser menos paquidérmico y pudo amarrarse otra vez los cordones de los zapatos. Viéndolo montar picaportes y desconectar relojes, Fernanda se preguntó si no estaría incurriendo también en el vicio de hacer para deshacer, como el coronel Aureliano Buendía con los pescaditos de oro, Amaranta con los botones y la mortaja, José Arcadio Segundo con los pergaminos y Úrsula con los recuerdos. Pero no era cierto. Lo malo era que la lluvia lo trastornaba todo, y las máquinas más áridas echaban flores por entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres días, y se oxidaban los hilos de los brocados y le nacían algas de azafrán a la ropa mojada. La atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las ventanas, navegando en el aire de los aposentos. Una mañana despertó Úrsula sintiendo que se acababa en un soponcio de placidez, y ya había pedido que le llevaran al padre Antonio Isabel, aunque fuera en andas, cuando Santa Sofía de la Piedad descubrió que tenía la espalda adoquinada de sanguijuelas. Se las desprendieron una por una, achicharrándolas con tizones, antes de que terminaran de desangrarla. Fue necesario excavar canales para desaguar la casa, y desembarazarla de sapos y caracoles, de modo que pudieran secarse los pisos, quitar los ladrillos de las patas de las camas y caminar otra vez con zapatos. Entretenido con las múltiples minucias que reclamaban su atención, Aureliano Segundo no se dio cuenta de que se estaba volviendo viejo, hasta una tarde en que se encontró contemplando el atardecer prematuro desde un mecedor, y pensando en Petra Cotes sin estremecerse. No habría tenido ningún inconveniente en regresar al amor insípido de Fernanda, cuya belleza se había reposado con la madurez, pero la lluvia lo había puesto a salvo de toda emergencia pasional, y le había infundido la serenidad esponjosa de la inapetencia. Se divirtió pensando en las cosas que hubiera podido hacer en otro tiempo con aquella lluvia que ya iba para un año. Había sido uno de los primeros que llevaron láminas de cinc a Macondo, mucho antes de que la compañía bananera las pusiera de moda, sólo por techar con ellas el dormitorio de Petra Cotes y solazarse con la impresión de intimidad profunda que en aquella época le producía la crepitación de la lluvia. Pero hasta esos recuerdos locos de su juventud estrafalaria lo dejaban impávido, como si en la última parranda hubiera agotado sus cuotas de salacidad, y sólo le hubiera quedado el premio maravilloso de poder evocarlas sin amargura ni arrepentimientos. Hubiera podido pensarse que el diluvio le había dado la oportunidad de sentarse a reflexionar, y que el trajín de los alicates y las alcuzas le había despertado la añoranza tardía de tantos oficios útiles como hubiera podido hacer y no hizo en la vida, pero ni lo uno ni lo otro era cierto, porque la tentación de sedentarismo y domesticidad que lo andaba rondando no era fruto de la recapacitación ni el escarmiento. Le llegaba de mucho más lejos, desenterrada por el trinche de la lluvia, de los tiempos en que leía en el cuarto de Melquíades las prodigiosas fábulas de los tapices volantes y las ballenas que se alimentaban de barcos con tripulaciones. Fue por esos días que en un descuido de Fernanda apareció en el corredor el pequeño Aureliano, y su abuelo conoció el secreto de su identidad. Le cortó el pelo, lo vistió, le enseñó a perderle el miedo a la gente, y muy pronto se vio que era un legítimo Aureliano Buendía, con sus pómulos, altos, su mirada de asombro y su aire solitario. Para Fernanda fue un descanso. Hacía tiempo que había medido la magnitud de su soberbia, pero no encontraba cómo remediarla, porque mientras más pensaba en las soluciones, menos racionales le parecían. De haber sabido que Aureliano Segundo iba a tomar las cosas como las tomé, con una buena complacencia de abuelo, no le habría dado tantas vueltas ni tantos plazos, sino que desde el año anterior se hubiera liberado de la mortificación. Para Amaranta Úrsula, que ya había mudado los dientes, el sobrino fue como un juguete escurridizo que la consoló del tedio de la lluvia. Aureliano Segundo se acordó entonces de la enciclopedia inglesa que nadie había vuelto a tocar en el antiguo dormitorio de Meme. Empezó por mostrarles las láminas a los niños, en especial las de animales, y más tarde los mapas y las fotografías de países remotos y personajes célebres. Como no sabía inglés, y como apenas podía distinguir las ciudades más conocidas y las personalidades más corrientes, se dio a inventar nombres y leyendas para satisfacer la curiosidad insaciable de los niños. 

En Cien años de Soledad

martes, 17 de diciembre de 2013

Roberto Bolaño.


PRÓLOGO
CONSEJOS SOBRE EL ARTE DE ESCRIBIR CUENTOS

Como ya tengo cuarentaicuatro años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. 1) Nunca aborde los cuentos de uno en uno. Si uno aborda los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. 2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si se ve con energía suficiente, escríbalos de nueve en nueve o de quince en quince. 3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, y además lleva en su interior el juego más bien pegajoso de los espejos amantes: una doble imagen que produce melancolía. 4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y Umbral. 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura. 6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo pero es así. 7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentaran imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval! 8) Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse com Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges. 9) La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra. 10) Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible de rodillas. 11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, el Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya  biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas, y Mientras ellas duermen, de Javier Marías. 12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo. 


Roberto Bolaño. Cuentos. Ed. Anagrama.

lunes, 21 de octubre de 2013

Milan Kundera


15

Por su rechazo del sistema Nietzsche cambia a fondo la manera de filosofar: tal como lo definió Hannah Arendt, el pensamiento de Nietzsche es un pensamiento experimental. Su primer impulso es el de corroer lo que está inmovilizado, socavar sistemas comúnmente aceptados, abrir brechas para aventurarse en lo desconocido; el filósofo del porvenir será un experimentador, dice Nietzsche; libre de ir en distintas direcciones que pueden, en rigor, oponerse.

Si soy partidario de una fuerte presencia del pensar en la novela eso no quiere decir que me guste lo que suele llamarse "novela filosófica", esa servidumbre de la novela a una filosofía, esa "puesta en narración" de las ideas morales o políticas. El pensamiento auténticamente novelesco (tal como lo ha conocido la novela desde Rabelais) siempre es asistemático; indisciplinado; está próximo al de Nietzsche; es experimental; fuerza brechas en todos los sistemas de ideas que nos rodean; examina (en particular por mediación de los personajes) todos los caminos de reflexión procurando llegar hasta el final de cada uno de ellos.

Acerca del pensamiento sistemático, una cosa más: quien piensa es automáticamente arrastrado a sistematizar; es su eterna tentación (incluso la mía, e incluso durante la escritura de este libro): tentación de describir todas las consecuencias de sus ideas; de prever todas las objeciones y de rechazarlas de antemano; de atrincherar así sus ideas. Ahora bien, el que piensa no debe esforzarse por persuadir a los demás de su verdad; en tal caso se encontraría en el camino de un sistema; en el lamentable camino de "el hombre de convicciones"; a algunos hombres políticos les gusta calificarse así; pero ¿qué es una convicción? Es un pensamiento que se ha detenido, que está inmovilizado, y "el hombre de convicciones" es un hombre limitado; el pensamiento experimental no desea persuadir sino inspirar; inspirar otro pensamiento, poner en marcha el pensamiento; por eso un novelista debe sistemáticamente desistematizar su pensamiento, dar patadas a la barricada que él mismo ha levantado alrededor de sus ideas.

En: Sexta parte. Obras y Arañas. Los testamentos traicionados. Fábula Tusquets editores.

lunes, 14 de octubre de 2013

Haruki Murakami

10. Y EL TIEMPO, QUE NO PARA

   Densas tinieblas se me infiltraron por el oído, con fluidez de aceite. Alguien trataba de romper la helada tierra con un inmenso martillo. El martillo golpeó ocho veces exactamente, pero la tierra no se rompía. Apenas se le abrieron algunas grietas.
   Las ocho. Las ocho de la tarde; ya era de noche.
   Me despertó una sacudida de mi cabeza. Tenía el cuerpo acorchado, y la cabeza me dolía.          
   Alguien, al parecer, me había echado en una coctelera con hielo, donde me había agitado a lo loco. Nada hay tan desagradable como despertarse en plenas tinieblas. Uno se siente como teniendo que volver a poner en pie todo desde el principio. A poco de despertarse, la primera sensación es de que está uno viviendo alguna vida que no es ciertamente la suya propia. Hasta que esa vivencia entra en engranaje con la vida propia, pasa cantidad de tiempo. Contemplar la vida propia como ajena es de lo más insólito. Llega a parecer mentira el hecho mismo de que quien está pasando por eso siga con vida.
   Me lavé la cara, valiéndome del grifo de la cocina. Y a continuación, me bebí un par de vasos de agua. El agua estaba fría como el hielo, pero aun así no se llevó el ardor de mi cara. Me volví a sentar en el sofá, y en plenas tinieblas y pleno silencio fui recogiendo poco a poco los pedazos de mi vida. No es que se recogiera gran cosa, pero ésa, al menos, era mi vida. Entonces, fui volviendo con clama a mi ser propio. Lo de que yo sea yo mismo me resulta inexplicable de cara a los demás; aparte de que, ¿a quién le va a interesar el tema?
   Me sentía observado por alguien, aunque tampoco le di mayor importancia al hecho. Cuando te encuentras solo y aislado en una gran habitación, es la sensación que sueles tener.
   Traté de pensar en las células. Como mi mujer había dicho, a fin de cuentas no hay nada que se pierda. Incluso uno mismo sigue ese camino. Presioné tentativamente mi mejilla con la palma de mi mano. Mi propia cara, que yo palpaba en medio de las tinieblas con el cuenco de la mano, no la sentía como mi cara. Era la cara de otro, que había adoptado la forma de la mía. Incluso la memoria me traicionaba. Los nombres de todo lo imaginable se disolvían absorbidos por las tinieblas.
   En plena oscuridad, resonó la campanada de las ocho y media. La nieve había cesado de caer, aunque las densas nubes de siempre velaban el cielo. La negrura era cerrada. Estuve mucho rato hundido en el sofá, mordiéndome las uñas. Ni siquiera alcanzaba a verme las manos. Como la estufa estaba apagada, en la habitación hacía un frío glacial. Me arrebujé en la manta y miré, com sin pretenderlo, tinieblas adentro. Me encontré agazapado en el fondo de un insondable pozo.
   Pasó el tiempo. Corpúsculos de tiniebla configuraban diseños maravillosos en mi retina. Los diseños así formados se desmoronaban al poco tiempo sin ruido, para dar paso a nuevos diseños. Sólo las tinieblas deslizándose, como mercurio, por el espacio tranquilo.
   Frené el curso de mis pensamientos y dejé fluir el tiempo. El tiempo seguía arrastrándome en su flujo. Nuevas tinieblas venían a dibujar nuevos diseños.
   El reloj dio las nueve. Al desvanecerse lentamente en la oscuridad la novena campanada, el silencio se precipitó a colmar la grieta.

En: Cap. VIII. La caza del carnero salvaje (III). La caza del carnero salvaje.


martes, 8 de octubre de 2013

Walter Benjamin

V. BAUDELAIRE O LAS CALLES DE PARIS.

"Facilis descensus Averno"
VIRGILIO, Eneida

Lo extraordinario en la poesía de Baudelaire es que las imágenes de la mujer y de la muerte se entrelazan en una tercera, la de París. El París de sus poemas es una ciudad hundida, más bien bajo el mar que bajo la tierra. Los elementos ctónicos de la ciudad -su formación topográfica, la vieja cuenca abandonada del Sena- encontraron en Baudelaire una impronta. Pero lo decisivo en el "idilio mortuorio" de la ciudad en Baudelaire es su sustrato social, moderno. Lo moderno es uno de los acentos principales de su poesía. Con el spleen parte en dos el ideal ("Spleen et idéal"). Pero es precisamente la modernidad la que cita la protohistoria. Esto ocurre a través de la ambigüedad propia de la situación social y del producto de esta época. La ambigüedad es la aparición en imagen de la dialéctica, la ley dialéctica detenida. Esta detención es utopía; de ahí que la imagen dialéctica sea imagen onírica. Una imagen semejante presenta la mercancía como tal: como fetiche. Una imagen semejante presenta los pasajes, que son tanto casa como calle. Una imagen semejante presenta la prostituta, que es vendedora y mercancía al mismo tiempo.


VI. HAUSSMANN O LAS BARRICADAS.

"Sigo el culto de lo bello, del bien, de las grandes cosas,
de la bella naturaleza que inspira al gran arte,
cuando encata el oído o cuando hechiza la mirada;
Siento el amor de la primavera en flor: mujeres y rosas!"
Baron Haussmann, Confession d'un lion devenu vieux

"El reino de las flores de la decoración,
el encanto del paisaje, de la construcción
y todos los efectos de la escena se basan
solo en la ley de la perspectiva, que basta".
Franz Böhle, Theater-Katechismus, Múnich, p.74.

El ideal urbanístico de Haussmann consistía en las perspectivas de largas calles alineadas. Esto corresponde a la tendencia de ennoblecer las necesidades técnicas a través de objetivos artísticos, que se hace evidente durante el siglo XIX. Los centros de dominio mundano y espiritual de la burguesía, engastados en el marco de las calles principales, encontrarán allí su apoteosis; las calles principales se cubrían con un paño antes de estar terminadas y eran descubiertas como los monumentos. La actividad de Haussmann se encuadra en el imperialismo napoleónico, que favorece el capital financiero. París vive un apogeo de la especulación. El juego en la Bolsa pasa a ocupar el lugar de ocupaban las formas de juego de azar heredadas de la sociedad feudal. A las fantasmagorías del espacio, a las que se entrega el flâneur, corresponden las fantasmagorías del tiempo, donde se abisma el jugador. El juego convierte el tiempo en una droga. Lafargue explica el juego como réplica de los misterios de la coyuntura económica en miniatura. Las expropiaciones de Haussmann inician las especulaciones fraudulentas. La jurisprudencia de la Corte de casación, inspirada por la oposición burguesa y orleanista, incrementa el riesgo financiero de la haussmanización. 

Haussmann intenta sostener su dictadura poniendo a París bajo un régimen de excepción. En 1864, durante un discurso ante la asamblea, expresa en palabras su odio contra la población desarraigada de la gran ciudad. Por sus emprendimientos, esta población se va incrementando cada vez más. El aumento de los precios de los alquileres empuja al proletariado hacia los faubourgs. Los quartiers de París pierden así su fisionomía propia. Surge el ceinture rojo. Haussmann se dio a sí mismo el nombre de "artiste démolisseur". Se sentía llamado a una obra, hecho que subraya en sus memorias. Pero así aliena a los parisinos de su propia ciudad, que ya no se sienten allí en casa. Comienzan a tomar conciencia del carácter inhumano de la gran ciudad. Paris, la obra monumental de Maxime Du Camp, debe a esta toma de conciencia su surgimiento. Las Jérémiades d'un Haussmannisé le dan la forma de un lamento bíblico.
El verdadero objetivo de los trabajos de Hussmann era asegurar la ciudad contra las guerras civiles. Lo que quería era evitar para siempre que pudieran levantarse barricadas en París. Con esta misma intención, Luis Felipe había introducido el adoquinado de madera. Sin embargo, las barricadas jugaron cierto rol en la revolución de Febrero. Engels habló de la táctica de las luchas de barricada. Y Haussmann quería impedir estas tácticas de dos maneras: el ancho de las calles las haría imposibles, y nuevos trazos de calles debían crear el camino más corto entre los cuarteles y los barrios de trabajadores. Los contemporáneos llamaron al proyecto "l'embellissemnt stratégique".



En: El paris de Baudelaire. París, capital del siglo XIX (1935)






Miguel Morey

ANTES ESTABA CLARO que sí existía ese Lugar al que peregrinar en pos de un renacimiento. Antes, buscamos el saber -con ahínco. Reconocíamos que nuestra experiencia de lo real presentaba numerosas deficiencias, que vivíamos demasiado sonámbulos todavía -como entre brumas. Pero veíamos con claridad qué necesitábamos saber para cerrar nuestra comprensión de lo real y mirarlo cara a cara -para comprender ese juego de todos los juegos que denominamos Mundo, su inteligibilidad última.

Y estudiamos, devoramos los más diversos itinerarios intelectuales, porque así era preciso. Leímos a Marx, porque necesitábamos comprender el engranaje secreto de las sociedades, tanto como a Freud, porque también necesitábamos entender los mecanismos ocultos de nuestros impulsos y nuestros afectos -y leímos a Nietzsche, también. Porque debíamos romper en mil pedazos la inútil educación recibida, sus estúpidos clichés y sus certezas bovinas que encorsetaban toda nuestra experiencia de lo real, limitándola, empobreciéndola -la condenada soga con la que nos amarraron de colegiales. Frecuentamos a los griegos arcaicos tanto como a los franceses posmodernos, y a Lenin y a Mao, y al Che Guevara, porque queríamos saber cómo era posible la revolución: cómo era posible acabar con el podrido orden burgués de una vez por todas -barrerlo, y comenzar a inventar de nuevo el pulso del pasar de cada día. Estudiamos la historia, nuestra historia: el surgimiento del espíritu burgués, los orígenes del capitalismo, la Guerra Civil -también las costumbres y las instituciones de las culturas primitivas, los pueblos sin historia. Peregrinamos sin cesar en pos del conocimiento, a través de un inmenso desierto de estupidez, de mixtificaciones, de filisteísmo. Nosotros mismos fuimos, en ocasiones sectarios, dogmáticos, pedantes -tratamos de imponer a la realidad modelos toscos y nada digeridos, teníamos prisa. Pero, aunque a menudo a ciegas y tal vez inútilmente, trabajamos duro. Los libros fueron durante tanto tiempo ese Santo Lugar, cuando existían lugares, cuando tenían ese modo de existir los libros -y ellos hasta tal punto que el General volcó sobre ellos un amplísimo manto de prohibiciones. Pero, en cierto modo, importaba poco. Alrededor de sus interdictos pronto se creó una secta de iniciados, una comunidad sin rostro ni nombre que hacía circular ese saber de mil modos. Cada nuevo libro, importado de tapadillo mal traducido, comprado, prestado, robado, leído sin pestañear o debatido en seminarios aproximadamente clandestinos, nos mostraba un poco más, un poco mejor, el rostro inteligible de lo real: era una ventana al Mundo, y a su increíble complejidad y belleza. Sí, antes estaba claro que sí existía ese lugar al que peregrinar en pos de un renacimiento -estaba claro.

Y lo buscamos sin descanso -como buscamos la belleza, y el amor también.


PEREGRINAMOS TAMBIÉN EN POS DEL AMOR. En pos de ese momento frágil y huidizo en el que la fecunda euforia todo lo ilumina, se anima el pugilato de los cuerpos y cada cosa se llena de sentido. Buscamos los momentos del amor porque también ellos eran ventana al Mundo, a algo como la inteligibilidad inmediata del sentido de lo que hay.

Y hubo que aprender a amar, costosamente siempre: luchar contra el temor a no ser reconocido por el otro, contra todas las épicas personales, contra el histrionismo del macho, contra el miedo a no saber amar, y las culpabilidades, las incriminaciones, las deudas, las revanchas -luchar contra dota la inmundicia sobre la que crece esa quebradiza flor de invierno que es el amor. Hubo que aprender a relacionarse a escondidas y por debajo de esas amarras que nos obligaban a reconocernos según arquetipos de lo masculino y lo femenino que los fascistas, los curas y los burgueses habían decretado eternos: que la mujer era la futura madre de nuestros hijos, de la raza de nuestras madres y nuestras hermanas, según querían inculcarnos a sangre y fuego en los Encierros Espirituales, y que las demás no eran sino putas, mujeres perdidas. Pero no, la mujer no era para nosotros, no podía ser, ese teatrillo de la casa de muñecas en el que Camelitos de Famosa alterna sus apariciones con Regañinas, Morritos, o Corajina, la pepona que, si le tocas la barriguita, siempre dice: toda la culpa es tuya, toda, toda... No, la mujer no era eso -porque la vida no era jugar a concinitas, a oficinitas, sino algo mucho más complejo, más terrible, más fascinante.

Buscamos el amor como ese momento de la verdad entrevisto en el lodazal de las mentiras que acarreamos y nos conforman -ese momento en el que la mujer es musgos de marinos, arcilla y canela, y un latido: el latido mismo de toda vida. Pero, para alcanzar esa esquirla de luz y sostenerla por un momento en el hueco de las manos fue preciso un duro aprendizaje: tuvimos que limarnos las yemas de los dedos hasta casi sangrar, como ladrones de joyas, para educar el tacto, para afinarlo; aprender a descubrir las cien minúsculas bellezas locales, puntuales, que habitan en un cuerpo, en todo cuerpo; aprender a acompasar durante unos instantes urgencias y perezas, enojos, ternuras, caprichos, e inercias; aprender a mirarnos en otros ojos sin horrorizarnos de vernos allí reconocidos -tuvimos incluso que aprender a desnudarnos.

Tuvimos que deseducarnos mucho, destrenzar la misma condenada soga, una y otra vez: huellas de una educación sentimental que, con la fuerza de algo como un destino, nos condenaba a un monocorde y reiterado jugar a papás y mamás para siempre. Y sobre todo, tuvimos que aprender a conjugar de mil modos todas las contradicciones entre el amor y la libertad -y nunca fue fácil. Pero no estábamos solos: éramos muchos, casi una secta de iniciados sin nombre ni rostro, quienes creíamos que era precisa la revolución sexual, que era preciso luchar contra las represiones, que ésta también era una lucha contra el General. E insistimos una y otra vez en ese juego en el que ciegos animales cálidos, temblorosos, se buscan, se reconocen súbitamente entre torpes tanteos, para, con lentitud, irse cerrando en un anillo de luz que transfigura toda cosa. Y sí, es cierto que cometimos muchas estupideces:unas veces fuimos demasiado pusilánimes, medrosos, tanto como otras nos complacimos en los arcaicos cinismos de la seducción y conquista -también pecamos de prepotencia, de estupidez. Fuimos asistentes tal vez en exceso entusiastas a las bodas de Don Perverso Polimorfo y Doña Función del Orgasmo, casi con la boca abierta: sí, sí, amor libre, sexualidad y lucha de clases. Demasiado a menudo hicimos el amor a la ligera, love and peace, sin pensarlo y con las manos sucias. Pero a despecho de tantos extravíos, antes estaba claro que el amor era también un Santo Lugar al que se debía peregrinar, por más duro que fuera el viaje. Aunque exigiera intentar un continuo ajuste de cuentas con uno mismo, aunque para ello tuviéramos que aprender a estar a solas y en paz con nosotros mismos.

[...]


NO, SIN DUDA NO ES UN RETO FÁCIL el de las nostalgias.

Pero, piénsalo un momento: ¿aceptarás sin pestañear, dentro de unos años, o lustros, que hoy nosotros somos ellos, los que tenemos el poder -llegarás incluso a reconocerte mañana en los yuppies o en los marginados de los que se habla hoy? ¿O es que ya vives tu pulso de hoy anticipando este reconocimiento, miserable? ¿Cantaremos mañana como nuestras aventuras más íntimas, eso en lo que hemos estado ocupados estos tiempos, las gestas de la transición, la democracia, o tal o cual reforma administrativa?

Por Dios, qué parodia.

¿Llegaremos también a colectivizar entonces nuestros desasosiegos, nuestros tedios de hoy en una historia tan redonda: olvidarás este viaje a Santiago y sus inquietos cabrilleos -y tantos viajes como éste que son el precio doloroso de tu sensatez?

Es muy posible que sí.

Sabes de sobra que la lucidez, como la belleza o la eternidad es la virtud de un momento, que no puede durar, que nada puede durar, que todo es inhabitable: como los honguitos de Oaxaca, como el amor, todo es flor de un día y crece sobre la inmundicia, sobre una abyecta bosta de mentiras.

Nada dura pero todo insiste: ni siquiera Dios murió de una vez por todas en el siglo XIX, por más que Nietzsche celebrara sus funerales -para ti murió en los aledaños de los años sesenta, como para tantos otros.

Y ni siquiera entonces acabó de morir del todo.

Muere un poco cada día: como cada día es, para ti, un fin del Mundo, el fin de algún Mundo.





En: Camino de Santiago. Ed. Circulo de Lectores. 


lunes, 17 de junio de 2013

Adolfo Bioy Casares



Nuestros hábitos suponen una manera de suceder las cosas, una vaga coherencia del mundo. Ahora la realidad se me propone cambiada, irreal. Cuando un hombre despierta o muere, tarda en deshacerse de los terrores del sueño, de las preocupaciones y de las manías de la vida.





[...] en la soledad es imposible estar muerto.





en: La invención de Morel.

miércoles, 24 de abril de 2013

Roberto Juarroz



                                                        9
     
                                                             Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.

Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo. 



17

Hay que caer y no se puede elegir dónde.

Pero hay cierta forma del viento en los cabellos,
cierta pausa del golpe,
cierta esquina del brazo
que podemos torcer mientras caemos.

Es tan sólo el extremo de un signo,
la punta sin pensar de un pensamiento.

Pero basta para evitar el fondo avaro de unas manos
y la miseria azul de un Dios desierto.

Se trata de doblar algo más que una coma
en un texto que no podemos corregir. 


18

Tú no tienes nombre.
Tal vez nada lo tenga.

Pero hay tanto humo repartido en el mundo,
tanta lluvia inmóvil,
tanto hombre que no puede nacer,
tanto llanto horizontal,
tanto cementerio arrinconado,
tanta ropa muerta
y la soledad ocupa tanta gente,
que el nombre que no tienes me acompaña
y el nombre que nada tiene crea un sitio
en donde está de más la soledad.

27

Entre pedazos de palabras
y caricias en ruinas,
encontré algunas formas que volvían de la muerte.

Venían de desmorir.
Pero no les bastaba con eso.

Tenían que seguir retrocediendo,
tenían que desvivirlo todo
y después desnacer.

No pude hacerles ninguna pregunta,
ni mirarlas dos veces.

Pero ellas me indicaron el único camino
que tal vez tenga salida,
el que vuelve desde toda la muerte
hacia atrás del nacer,
a encontrarse con la nada del comienzo
para retroceder y desnadarse. 

37

Mientras haces cualquier cosa,
alguien está muriendo.
Mientras te lustras los zapatos,
mientras odias,
mientras le escribes una carta prolija
a tu amor único o no único.
Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,
alguien estaría muriendo,
tratando en vano de juntar todos los rincones,
tratando en vano de no mirar fijo a la pared.
Y aunque te estuvieras muriendo,
alguien más estaría muriendo,
a pesar de tu legítimo deseo
de morir un minuto con exclusividad.
Por eso, si te preguntan por el mundo,
responde simplemente: alguien está muriendo. 


57

El hombre pierde la vida y otras cosas,
se ensucia con cualquier crecimiento,
no aprenderá nunca a vestirse
y es un inexplicable ensayo de la muerte.

Sin embargo,
busca una forma higiénica de morirse,
mientras da saltitos variables por las calles
y desocupa más sitio que el que ocupa.
Se desayuna moralmente
y dobla saludos y se los mete en el bolsillo.

Pero hay un saludo que no puede doblar,
un saludo que en el bolsillo no le cabe.

Y lo pierde, eso sí que lo pierde,
más que la vida y otras cosas,
por ejemplo, el cumpleaños de su muerte. 


En: Poesía Vertical 1958.

jueves, 28 de febrero de 2013

Ernesto Sabato





Su memoria está compuesta de fragmentos de existencia, estáticos y eternos: el tiempo no pasa, en efecto, entre ellos, y cosas que sucedieron en épocas muy remotas entre sí están unas junto a otras vinculadas o reunidas por extrañas antipatías y simpatías. O acaso salgan a la superficie de la conciencia unidas por vínculos absurdos pero poderosos, como una canción, una broma o un odio común. Como ahora, para ella, el hilo que las une y que las va haciendo salir una después de otra es cierta ferocidad de la búsqueda de algo absoluto, cierta perplejidad, la que une palabras como padre, Dios, playa, pecado, pureza, mar, muerte.




En: Sobre héroes y tumbas; I. El dragon y la princesa.

a Patxi.

martes, 12 de febrero de 2013

Charles Baudelaire










EL HOMBRE Y EL MAR

¡Hombre libre, por siempre has de querer al mar!
Es tu espejo: contemplas a tu espíritu mismo
en su ola que se desenrolla sin cesar;
y tu alma no es menos amarga que su abismo.

Gozas hundiéndote en el seno de tu imagen;
la acaricias con brazos y ojos; tu corazón
se distrae muchas veces de su propia emoción
al eco de esa queja indomable y salvaje.

Ambos sois tenebrosos a la vez y discretos:
hombre, nadie ha sondeado el fondo de tu abismo;
oh mar, nadie ha llegado a tu tesoro mismo,
¡con tan celoso afán guardáis vuestros secretos!

Y entre tanto van ya siglos innumerables
que sin piedad ni remordimiento os atacáis;
de tal modo la muerte y la matanza amáis,
¡oh eternos luchadores, oh hermanos implacables!








En Las flores del mal. 

jueves, 3 de enero de 2013

Georges Bataille

La voluntad de lo imposible

II
   
   Cada cual puede, si así lo prefiere, bendecir una naturaleza caritativa, arrodillarse ante Dios...
   No hay nada en nosotros que no esté constantemente en juego, que no esté abandonado.
   La súbita aspereza de la suerte desmiente la humildad, desmiente la confianza. La verdad responde como una cachetada en la mejilla ofrecida por los humildes.
   El corazón es humano en la medida en que se rebela. No ser un animal, sino un hombre, significa rechazar la ley (la de la naturaleza.)
   Un poeta no justifica del todo la naturaleza. La poesía está fuera de la ley. Sin embargo, aceptar la poesía la convierte en su opuesto, en mediadora de una aceptación. Suavizo el resorte que me impulsa contra la naturaleza, justifico el mundo dado.
   La poesía produce penumbras, introduce el equívoco, aleja al mismo tiempo de la noche y del día -tanto del cuestionamiento como de la puesta en acción del mundo.
   ¿No es evidente? la amenaza constantemente pendiente con que la naturaleza nos tritura, nos reduce a lo dado -anulando así el juego que ella juega más allá de sí misma- requiere de nosotros la atención y la astucia. 
   El relajamiento nos saca del juego -al igual que el exceso de atención. El arrebato feliz, los saltos razonables y la calmada lucidez se le exigen al jugador -hasta el momento en que se quede sin suerte, o sin vida.
   Me acerco a la poesía con intención de traicionar: el ánimo astuto es el más fuerte en mí. 
   La fuerza perturbadora de la poesía se sitúa fuera de los bellos momentos a los que llega: comparada con su fracaso, la poesía se arrastra.
   La opinión común sitúa aparte a los dos autores que añadieron el brillo de su fracaso al de su poesía.
   El equívoco generalmente está ligado a sus nombres. Pero uno y otro han agotado el movimiento de la poesía -que culmina en su contrario: en un sentimiento de impotencia para la poesía.
   La poesía que no se eleva hasta la impotencia de la poesía es todavía el vacío de la poesía (la bella poesía).

En: La felicidad, el erotismo y la literatura. Adriana Hidalgo Editora. 

   

lunes, 17 de diciembre de 2012

Miguel Morey

Poco a poco, vas entrando en el tiempo inmóvil de las historias: y sales a pasear como quien va al encuentro de un tiempo otro –como quien busca un encuentro, en un tiempo roto. El pasado, el presente y el futuro –los tres caben juntos en cada uno de los pasos. […] Se lo que quiero. Quiero perderme por las calles de mi ciudad como si las viera por vez primera –y saludarlas, demorándome en ese momento en el que todo parece estar a punto de hablar. Camino y espero que algo suceda, que lo inesperado salga a mi encuentro –que un detalle inédito se revele de pronto ante mí, forzándome como un signo de algo en lo que debo pensar: algo que no soy yo, que no es mío, algo a lo que pertenezco. El futuro camina conmigo y es el carnaval imaginario de los ensueños que compone figuras imposibles, monstruos amables: paseo una intención sin intenciones. Busco lo que no se espera -salgo al encuentro de lo que sólo cuando se encuentra se sabe que es precisamente aquello lo que se andaba buscando: una palabra, el rostro de alguien, un rincón con un efecto de luz, un recuerdo. Camino, y el pasado camina conmigo –lo he olvidado todo: quien fui, lo que han hecho de mí, tanto tiempo perdido. […] Todo sigue vivo en este presente congelado en el que lo que está a punto de pasar, ya ha pasado. Mi presente es un estar atento sin estarlo, un empleo de mi tiempo que me lleva al encuentro de la más secreta existencia –al encuentro de eso en lo que no me reconozco cuando me lo propongo, eso que es como si fuera yo precisamente porque lo ignoro. Decido el modo de encarar cada encrucijada sin dejar que la decisión logre pasar por el tiempo de la conciencia –al azar, o por un pálpito. Y entonces, cuando no miro, veo –cabalgando sobre el lomo del ocio de los hombres libres, al paso. Paseo como los desposeídos de mi ciudad que duermen bajo los puentes del Sena, o en algún vagón desahuciado, junto al Muro de Berlín. Paseo como sólo saben pasear los hombres pobres, los hombres libres, los hombres solos. Paseo y siento casi piedad por la ciudad Blanca de los hombrecillos derrotados, donde todas son la calle Melancolía –cuando todas las certidumbres vuelan hacia atrás y depositan en el ayer su lastre protector. Y se sueña entonces sólo en poder volver, en volver a poder –porque ya nada parece posible sino tensar ese mínimo hilillo, ese último amarre, y dejar volar una vieja cometa. Paseo y siento casi desprecio por la Ciudad Gris, de acero, cristal y cemento, la de los eternos hombres del mañana, en la que todas las calles llevarán un día su nombre –hombres que no imaginan otro futuro sino seguir siendo más lo que son, día tras día. Y sueñan solo con poder llegar, con llegar a poder –y vuelan así, suspendidos de un globo cautivo. Paseo ignorando siempre a las gentes que vienen de algún sitio, a las que quieren llegar a alguna parte –porque mienten o se engañan, porque desconocen lo que son.

en Deseo de ser Piel Roja.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Marguerite Duras



Encontrarse en un hueco, en el fondo de un hueco, en una soledad casi total, y descubrir que solo la escritura nos salvara.


Hay una locura de escribir, que está en sí misma, una locura furiosa de escribir pero no es por esto que uno está en la locura. Al contrario. La escritura es lo desconocido. Antes de escribir uno no sabe nada de lo que va a escribir. Y con toda lucidez. Es lo desconocido de sí mismo, de su cabeza y de su cuerpo.



Yo siempre he estado al borde del mar en mis libros... Yo estuve en relación con el mar muy joven en mi vida, cuando mi madre compró el dique, la tierra de “Una barrera contra el Pacifico”, que el mar invadió todo y que nos arruinamos.
El mar me da mucho miedo, es lo que me da más miedo en el mundo... Mis pesadillas, mis sueños de terror siempre han tenido que ver con el mar, con la invasión del agua. Los diferentes lugares de Lol V. Stein son siempre lugares marítimos, es siempre al borde del mar que ella está. Mucho tiempo ví ciudades muy blancas como esta, blanqueadas por la sal, un poco como si hubiera sal por encima en las rutas, en los lugares donde se desplaza Lola Valérie Stein... Fue bastante tarde que me dí cuenta que no era S. Thala, sino Thalassa.







En: Reflexiones sobre 'El arrebato de Lol V. Stein.' por Michael Meyer

Guy de Maupassant

[...] Tía Lison, sobre todo, parecía muy emocionada al verlos.

Era una mujer bajita que hablaba poco, se borraba siempre, no hacía nada de ruido, aparecía solamente a las horas de las comidas, volvía a subir en seguida a su habitación, donde permanecía encerrada sin cesar. Tenía un aire bondadoso y anticuado, ojos dulces y tristes, y casi no contaba en la familia.
Las dos hermanas, que eran viudas, y que habían ocupado un puesto en la buena sociedad, la consideraban en parte como un ser insignificante. Se la trataba con una familiaridad sin miramientos que ocultaba una especie de bondad algo despreciativa hacia la solterona. Se llamaba Lise, pues había nacido por los días en que Béranger reinaba en Francia. Cuando se había visto que no se casaba, que ya no se casaría sin duda, de Lise había pasado a Lison. Hoy era "tía Lison", una humilde anciana muy limpita, espantosamente tímida incluso con los suyos, que la querían con un cariño en el que entraban el hábito, la compasión y una benévola indiferencia. 

Los niños no subían nunca a besarla a su habitación. Sólo la criada penetraba allí. Para hablar con ella, la mandaban a buscar. Apenas se sabía dónde estaba situada esa habitación, esa habitación donde transcurría en solitario aquella pobre vida. No ocupaba un sitio. Cuando no estaba presente, nunca se hablaba de ella, jamás se pensaba en ella. Era uno de esos seres borrosos que sus mismos allegados desconocen, como inexplorados, y cuya muerte no deja un hueco ni un vacío en una casa; uno de esos seres que no saben entrar ni en la existencia ni en los hábitos, ni en el amor de quienes viven a su lado.
Caminaba siempre a pasitos presurosos y mudos,  jamás hacía ruido, jamás chocaba con nada, semejaba comunicar a los objetos la propiedad de no producir el menor sonido; sus manos parecían hechas de una especie de algodón, al manejar tan leve y delicadamente los objetos que tocaban.  

Cuando se pronunciaba: "tía Lison", esas dos palabras no despertaban, por así decirlo, el menor pensamiento en el espíritu de nadie. Es como si se hubiera dicho: "la cafetera" o "el azucarero".

La perra Lotte poseía ciertamente una personalidad mucho más acusada; la miraban sin cesar, la llamaban: "Mi querida Lotte, Lotte, guapita, mi pequeña Lotte". La llorarían infinitamente más.


Guy de Maupassant. 'En una noche de primavera' en 'Mi tio Jules y otros seres marginales', Ed. Alianza Editorial. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Roberto Bolaño







[...] Va una persona y se pone a caminar por un bosque. Yo mismo, por ejemplo, estoy caminando por un bosque, como el Parco di Traiano o como las Terme di Traiano, pero a lo bestia y sin tanta deforestación. Y va esa persona, voy yo caminando por el bosque y me encuentro a quinientos mil gallegos que van caminando y llorando. Y entonces yo me detengo (gigante gentil, gigante curioso por última vez) y les pregunto por qué lloran. Y uno de los gallegos se detiene y me dice: porque estamos solos y nos hemos perdido.


Xoxé Lendoiro, Terme di Traiano, Roma, octubre de 1992.

Los Detectives Salvajes. Los Detectives Salvajes. Los detectives Salvajes.

domingo, 21 de octubre de 2012

Joseba Sarrionandia

DEFENDA EZAZUE ZUEN BAKE BELTZA
(Marinel Zaharrak)

Defenda ezazue uso zuriz, banko biletez
eta harma astunez ereindako zuen atsedena,
Defenda ezazue zuen libertate beltza
lan egiteko, kirol egiteko, otoitz egiteko,
Defenda ezazue zuen aitaren etxe beltza
telebisioko foiletorik batere ez galtzeko,
Defenda ezazue zuen lo beltza, zuen
amets goxoek amets goxoak erdi ditzaten,
Defenda ezazue larritasuneraino perfumaturiko
zuen bihotzen sosegua, eta zuen asteburua,
Defenda ezazue zuen bake beltza
eta zuen orratz bakarreko erlojua:
Gu otsanda ilunen baten seme-alabak gara,
Tenorea da
Seinala egiguzue zuen hatz luzeaz,
Zuen poliziek tiro egin dezaten.


DEFIENDAN SU NEGRA PAZ
(Viejos marineros)

Defiendan su descanso sembrado de blancas palomas,
con billetes de banco y armas pesadas.
Defiendan su negra libertad de
trabajar, hacer deporte, rezar,
Defiendan la negra casa de su padre
para no perderse ni un folletón televisivo,
Defiendan su negro sueño y que sus bellos sueños
engendren otros bellos sueños,
Defiendan el sosiego de sus corazones
que perfuman hasta ahogarlos, y su fin de semana,
Defiendan su negra paz
y su reloj de una única aguja:
somos hijos de alguna oscura loba,
es la hora, señálenos con su dedo índice
y que sus policías tiren contra nosotros.





jueves, 27 de septiembre de 2012

Miguel Morey

Cuenta Bataille que el mundo en el que habita el hombre se halla polarizado según dos ejes, vertical y horizontal. El eje vertical ordena las mareas y el crecimiento de los vegetales que se elevan sobre la superficie de la tierra, impulsados por una fuerza de atracción celeste. El eje horizontal preside los desplazamientos de los animales que repiten, a lo largo y a lo ancho, el movimiento de la rotación terrestre. En este mundo, el animal, considerado con irónica simplicidad, es un tubo: boca y ano. Los ojos, nariz, orejas, cerebro etc., por un lado, y los órganos sexuales, por otro, son excrecencias secundarias de, respectivamente, la boca y el ano. "En estas condiciones -afirma Bataille- los impulsos violentos que provienen del interior del cuerpo pueden ser expulsados indiferentemente por un extremo o por otro y se descargan de hecho por donde encuentran obstáculos más débiles." Los diferentes sistemas de obstáculos que presiden cada organismo serían, en definitiva, los responsables de los diversos regímenes "expresivos" -llamémosles así- de cada uno de ellos.

El ejemplo canónico de este esquema primario de animal es, evidentemente, el gusano. Si retenemos este ejemplo, una particularidad de su sistema reproductor (de algunos de ellos, por ejemplo, los anélidos) no puede dejar de sorprendernos. Se trata de la escisiparidad o reproducción de esquizogénesis (Scissiparité será más adelante el título de una colección de poemas de Bataille): modo de reproducción asexuada según la cual el animal se parte en dos o más pedazos, dando lugar cada uno de ellos a un animal adulto al regenerar las partes que les faltan. Así, hablando estrictamente, ¿puede decirse que el gusano es un individuo? Sin la presencia de la muerte (y de su alter ego obligado: la reproducción sexual) parece que no nos es posible hablar de individualidades. Si la Naturaleza hubiera detenido su evolución en el gusano sería posible mantener la hipótesis económica según la cual el desarrollo de las formas vivas se rige por un principio económico de utilidad. Sin embargo, el gusano es hoy apenas una forma irrisoria de vida. A partir de él, la naturaleza abre la posibilidad de un sinfín de construcciones lujosas (seres individuales), y en un despilfarro inusitado y fatal para ella misma, da lugar al hombre: ser consciente de su individualidad; animal trágico prometido a la nada para quien ya no es posible esa experiencia animal de homogeneidad con la naturaleza que Bataille describe, en su Teoría de la Religión, con estas expresivas palabras: El animal esta en el mundo como el agua en el agua. Frente a esto, el hombre no es sino un desgarrón en la piel del mundo -desgarrón que comparte la triple maldición con la que un exceso de la naturaleza ha cargado a los animales superiores: reproducción sexual, depredación y muerte ("grandes giros lujosos que aseguran el consumo intenso de energía" -tal como Bataille los califica en La part maudite). Pero además, el hombre contará con una parte maldita que le es específica: su conciencia.

El lento proceso de hominización que constituye al hombre como tal es la historia de una erección. Empujados fuera de su medio arbóreo habitual por algún cataclismo, los primates emprendieron una larga travesía que les transformaría paulatinamente. Obligados a andar sobre sus patas traseras y en tierra firme, les quedarán libres las manos -en este momento se sientan las condiciones de posibilidad del instrumento: arma, herramienta, símbolo. A medida que su centro de gravedad se desplaza hasta ubicarse en la cabeza, tendrán lugar una serie de procesos que nos hablan, desde una memoria ancestral, de una intolerable ascesis: perderá el pelo; su dieta se hará omnívora; aumentará el grado de fetalización de sus crías; perderá la cola y casi los dedos de los pies; etc. Será una peregrinación a traves del desierto tras la cual el primate, trabajado duramente por el dolor, se convierte en el homo erectus. Su órgano privilegiado será, a partir de este momento, el órgano de la visión : el ojo -órgano noble por excelencia que reclamará para sí, y por medio de la palabra, su hegemonía sobre la oralidad. Por otro lado, si para algunos simios la pérdida (total o parcial) de la cola representa una liberación de fuerzas anales (liberación que se expresa por medio de los vivos colores con los que se adornan), para el hombre esta liberación es contradictoria ya que, aun dándose, tiene lugar a la vez que una represión de toda expresividad anal. El hombre es también un complejo tubo efecto del sistema de obstáculos que presiden su organismo, imponiéndole un regimen expresivo. Recuérdese la función fundamental en el desarrollo cultural del hombre atribuida por Freud a la educación del esfínter -la renuncia a todo placer primario y la interiorización del trabajo como mediador universal con la realidad: el mandato bíblico, antropológicamente fundacional: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente". Así, sus impulsos no hallarán apenas otra salida sino la oralidad: la voz y las construcciones intelectuales. "La extremidad facial -nos dice Bataille- ha asumido una parte, relativamente débil pero significativa, de las funciones de excreción, casi totalmente orientadas hasta entonces hacia el extremo opuesto, los hombres escupen, tosen, bostezan, eructan, se suenan, estornudan, y lloran mucho más que cualquier otro animal, pero sobre todo han adquirido la facultad extraña de sollozar y reír a carcajadas".

La aventura humana es la historia de una erección. Y la connotación obscena del término no debe ser desechada, porque no está libre de obscenidad esa trasgresión de los ejes que polarizan el mundo. "Sólo los seres humanos, arrancándose a la tranquila horizontalidad animal al precio de esfuerzos cuyo carácter doloroso e innoble se expresa en los rostros de los grandes simios, han conseguido apropiarse de la erección vegetal y dejarse polarizar, en cierto sentido, por el cielo".

Cuando la parodia se cruza con el dominio de lo religioso la mera trasgresión se convierte en blasfemia. Si superponemos la fábula que nos relata Bataille acerca de la hominización, a los relatos que en el Génesis nos hablan acerca de la expulsión del Paraíso, ¿cual eses el resultado? ¿No se dejan leer entonces como la representación que, miles de años después, los primeros hombres han dado del inicio de su andadura; como una dramatización de una nostalgia de los bosques conservada en algún rincón de la acuosa memoria de la especie? ¿Se confunden así monos y dioses en nuestra "caída original"? Evidentemente no se trata de una refutación "materialista" de las "supersticiones religiosas". Estamos hablando de parodia y fantasmas -del potencial trasgresivo que una fábula como la que Bataille propone trae consigo. De la capacidad, incluso estremecedora, de blasfemia que se genera en el momento en que intentamos identificar a los personajes del relato bíblico en este nuevo escenario. ¿Qué rostro tendrán Adan y Eva, Yavhé y la Serpiente, el Angel de la espada de fuego y el Arbol del Bien y del Mal? Y desde esta perspectiva, ¿qué nuevos fantasmas centellearán a nuestro alrededor cada vez que hallemos -frente a nosotros o en nuestro interior- algunas de las multiples figuras que diversifican el tema de la "nostalgia del Paraíso"; el lamento por la inocencia perdida? Y en un mundo ateo como el nuestro, ¿qué sentido tiene esta trasgresión que se dirige contra la Nada, estableciéndola de rechazo como Algo? Tan sólo nuestra propia experiencia interior sabe la respuesta -el chirrido íntimo que a menudo acompaña la lectura de Bataille nos indica que el ateísmo es un problema demasiado complejo para nuestras palabras: está todavía por inventar, inventándose lentamente, el lenguaje que pueda dar la palabra a un pensamiento ateo. Tal vez por esto Bataille nos es tan necesario.

Sin embargo, en esta historia que nos representa al hombre como resultado de una erección destaca una incongruencia en absoluto menor. El hombre, que parece encarnar modélicamente la verticalidad de la naturaleza, mantiene sin embargo una mirada horizontal -una mirada que tan sólo le sirve para recorrer la longitud y la anchura de lo bajo que hay en el mundo. El hombre, que es un animal definido por el esfuerzo de elevarse, de desterritorializarse, permanece siempre con su mirada pegada al suelo.

Para Bataille, esta incongruencia viene compensada por la existencia de una glándula en la cúspide de nuestro cráneo que tiene la apariencia de un ojo, el ojo pineal. Su función hormonal es aún hoy poco conocida. Sabemos que, en el pasado, Descartes supuso que en ella radicaba el engarce secreto entre el alma y el cuerpo. Según Bataille, no es sino un tercer ojo que trata -o trató- de abrirse paso a través del cráneo, completando así la tendencia ascensorial del hombre; un ojo cuya única finalidad sería abrirse al vértigo celeste, al ilusorio "azul del cielo". Es el emblema del gasto puro -la inutilidad de un exceso que, en nosotros, pugna siempre por perderse: ese extremo que hace que "la existencia del hombre no se parezca ya a un recorrido definido de un rasgo práctico a otro, sino a una enfermiza incandescencia, a un orgasmo duradero". La pasión vegetal de Icaro ilustra desde la antigüedad este movimiento que la biología de la glándula pineal ratifica. Pero la pasión ascensional es también promesa de una caída: lo alto tiene como fundamento lo bajo -y, en el esquema de Bataille, el ojo pineal es efecto de la inversión de nuestra analidad: es un volván asentado en el centro de nuestro cráneo: ano solar.

Esta fábula que construye Bataille alrededor del tercer ojo, ojo místico a la vez que ojo anal, circulará a lo largo de toda su obra como una columna vertebral imaginaria, conduciendo sus incursiones en la mística, en la economía y el arte, y en el erotismo. Este curioso personaje dotado de tres ojos, ostentoso gusano engalanado con los atributos más lujosos y terribles de la naturaleza, será el protagonista secreto de esa aventura espiritual que constituye la obra de Bataille: él será quien pintará en Lascaux la dramática nostalgia de su vida de simio, él habitará tambien el palacio de Gilles de Rais.

Será este personaje que el Dossier de L'oeil pineal establece quien intente una experiencia mística atea sin precedentes, liberada de toda finalidad trascendente, preocupada tan sólo por recoger, integrar y dar salida a una serie de necesidades que antaño eran cubiertas colectivamente por la religión y que hoy no merecen sino la atención de la patología. "El sacrificio -escribirá- es una necesidad tan inevitable como el hambre." Éxtasis y suplicio, sistema y exceso se unirán así en la aventura de la experiencia interior -interminable itinerario del no saber y de la suerte que hoy reconocemos como Summa Ateológica.

Será también el quien intente una nueva interpretación de la sociedad y de la historia, según un modelo de intercambio energético, estableciendo un giro copernicano en el dominio de la comprensión de lo económico: la crítica al principio clásico de utilidad y su sustitución por el concepto de gasto improductivo: don, perdida, fiesta... Apuntando, en consecuencia, una nueva clasificación de los modelos de sociedad, no según su modo de producción, sino de acuerdo con sus formas de gasto santuario.

Será finalmente él, el héroe irrisorio de la colección de trasgresiones textuales que constituyen sus ficciones pornográficas -búsqueda del exceso, la trasgresión y el Mal.

"La humanidad -escribe Bataille- persigue dos fines, uno de los cuales, negativo, es conservar la vida (evitar la muerte) y el otro, positivo, es aumentar su intensidad. Estos dos fines no son contradictorios. Pero la intensidad jamás se ha aumentado sin peligro; la intensidad deseada por la mayoría (o el cuerpo social)  está subordinada a la preocupación por mantener la vida y sus obras, que posee una primacía indiscutible. Pero cuando es buscada por las minorías o los individuos, puede ser buscada sin esperanza, más allá del deseo de perdurar."


Éste es el espejo en el que, a lo largo de toda su obra, Bataille propone que nos interroguemos, buscando la suerte de una risa que, en un mundo donde lo terrible ya ha ocurrido, es la sola fuerza que engrandece nuestra nada.



En el capitulo 'Excessere omnes... Invitación a la lectura de Georges Bataille.' de Pequeñas doctrinas de la soledad. Ed. sextopiso.